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De la imagen al sonido

De la imagen al sonido

Germán Enrique López García

docente de la ENMJN

 

 

Mucho tiempo después de que los humanos se empezaran a comunicar con gritos, sonidos guturales, gestos y movimientos corporales, se les ocurrió dibujar lo que querían expresar. De esa manera, nacieron los ideogramas, donde el dibujo de una casa se “leía” o “lee” ‘casa’, el de un árbol se “lee” ‘árbol’, el de un perro, ‘perro’, y así sucesivamente.

Con el paso del tiempo, este mecanismo de comunicación se enfrentó a problemas insuperables, por ejemplo, los dibujos se fueron simplificando al grado que terminaron siendo irreconocibles. Por otra parte, se requirió comunicar, ya no sólo la referencia a un objeto o a un animal, sino a un hecho, a una acción o a una intención, donde el dibujo requerido para expresar sería sumamente complejo y quizás impreciso. Podemos imaginar situaciones que probablemente no enfrentaron, pero pensemos cómo podríamos crear una imagen de palabras o de conceptos como ‘belleza’, ‘honradez’ o ‘pureza’.

Jean François Champollion

Es por eso que la idea —probablemente fenicia— de escribir las palabras sonido por sonido, fue un acierto, una construcción maravillosa: así nacieron los alfabetos. Pero entre los ideogramas y los alfabetos se ensayaron propuestas alternativas de escritura, como los jeroglíficos egipcios que, por largo tiempo, fueron incomprensibles y causaron grandes discusiones, hasta que el lingüista y egiptólogo francés Jean-François Champollion descubrió que en realidad se trataba de “letras”; esto es, de fonemas gráficos que representan sonidos. Lo mismo ocurre con el idioma maya, todavía los arqueólogos y lingüistas discuten los aspectos ideográficos y los fonéticos.

Hipotéticamente, se puede afirmar que si existiera una lengua, cuya escritura fuera únicamente ideográfica, desaparecería con el paso del tiempo, pues llegaría el momento en que nadie sabría cómo interpretar sus signos, esto justamente es lo que ocurrió con los códices mesoamericanos y, durante mucho tiempo, con los jeroglíficos egipcios. La ventaja de crear un signo para cada sonido siguiendo la idea original de los fenicios, es que siempre se leerá, por ejemplo, el vocablo ‘perro’ en donde se vean los signos p-e-r-r-o, así como conceptos abstractos como pureza p-u-r-e-z-a.

No obstante, la escritura fonética con la que se construyeron los alfabetos también presenta sus dificultades de lectura y, por supuesto, de escritura. Al igual que los ideogramas y los jeroglíficos, quienes los elaboraban le daban un significado específico a cada imagen que realizaban y que la mayoría de los integrantes de su comunidad desconocía, por lo tanto, no podían interpretar ni comprender lo que los escribas egipcios o los tlacuilos mexicas, plasmaban en las pirámides o en los códices. Otra dificultad al respecto, se debe principalmente a los tipos de sonido que representan los signos en cada lengua en particular. Por ejemplo, en alemán el sonido correspondiente a nuestra ‘g’ lo representan con ‘ch”, en francés nuestra ‘ñ’ se escribe formando el dígrafo ‘gn’, el cual se derivara del latín; es más, los especialistas aún discuten si los romanos leían la palabra “agnus” tal como lo vemos o la pronunciaban “añus”.

Acaso, desde nuestra perspectiva, los mayores problemas de transcripción los presenta el chino, pues si del ruso, del alemán, del armenio, del griego, incluso del árabe podemos pasar de sus letras a las nuestras; del chino no es tan fácil, ya que nos enfrentamos directamente al uso de ideogramas. Es posible entonces “técnicamente” escribir lo que oímos. Cuando le preguntamos a un chino, digamos, cuál es el nombre de la capital de China en chino, escucharemos una palabra que los hispanohablantes escribiremos Peeyán, con “P” de ‘papa’. Pero quienes hablan inglés encontrarán que no es “P”, sino “B”, por ser la “B” inglesa más fuerte y semejante a nuestra “P”, y escribirán en consecuencia con “B” el nombre escuchado. Nosotros, que tenemos el sonido de la “P”, debiéramos seguir pronunciando Pequín y no como lo nombran los angloparlantes.

Los alfabetos nacen perfectamente adaptados a los idiomas que se expresan de manera escrita, pero ocurre que los idiomas varían más rápido en su forma hablada que en la gráfica, con lo cual aparecen modos escritos que no corresponden a los hablados. Sea como sea, se dice que las palabras que “nombran al mundo” y que constituyen las lenguas habladas en él, pueden ser o divinas o demoniacas.

Fernando del Paso, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, nos dice: “Se cuenta una fábula que ustedes deben conocer, de origen esópico y que sin duda influyó en la epístola de Santiago, que un hombre rico, para agasajar a un huésped distinguido, le pidió a su cocinero que preparara los mejores manjares del mundo. Y así lo hizo el cocinero: preparó cinco diferentes platillos de lengua. Ante la indignación del amo, el cocinero arguyó que nada había mejor en el mundo, porque con la lengua se bendice y se ora, con la lengua se canta el amor y se alaba a Dios. Al día siguiente, le presentó a su amo y al huésped los peores platillos del mundo, que por supuesto también eran de lengua, porque con la lengua se maldice y se calumnia, con la lengua se hiere y se blasfema”.

Recordemos que en el mundo se hablan alrededor de 6 mil lenguas, ¡6 mil formas diferentes de nombrar al mundo!

 

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Acerca de Germán Enrique López García

Docente de la Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños (ENMJN) y colaborador del Portal VOCES. Especialista en Historia, ciencia y cinematografía.

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