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Economía feminista

Economía feminista

Isabel Ixtlixochitl Contreras Gómez

docente de la ENMJN

 

 

 

La construcción social ha asignado históricamente a las mujeres las tareas de cuidado —tanto del hogar como de las personas—. Actualmente se reconoce que estas actividades poseen un valor fundamental para la sostenibilidad económica y social de comunidades y hogares; sin embargo, dicho aporte no ha sido plenamente visibilizado ni valorado dentro de los sistemas económicos tradicionales.

Las tareas de cuidado comprenden actividades como cocinar, limpiar, atender a niñas y niños, acompañar a personas enfermas o adultas mayores y sostener la vida cotidiana familiar. Con frecuencia estas labores no reciben remuneración o son delegadas a otras personas mediante trabajos precarizados. Esta situación no responde a una predisposición natural de las mujeres, sino a un constructo social aprendido que ha generado desigualdades persistentes en las oportunidades laborales y sociales entre hombres y mujeres. Incluso desde la infancia, los juegos y juguetes han contribuido a reproducir estos roles, asociando a las niñas con el cuidado y a los niños con actividades vinculadas al ámbito productivo y profesional.

En este contexto surge la economía feminista como una perspectiva crítica dentro del pensamiento económico, situada entre enfoques ortodoxos y heterodoxos. Su principal aporte consiste en ampliar el concepto tradicional de economía colocando la vida en el centro del análisis, problematizando el diseño de políticas sociales y cuestionando la supuesta neutralidad de género de las estructuras económicas. Asimismo, utiliza la noción de división sexual del trabajo para evidenciar cómo el sexo se convierte en un criterio determinante en la distribución y valoración social del trabajo (Rodigou, León, Rodríguez y Partenio, 2018).

Para Corina Rodríguez Enríquez, la economía feminista representa la llegada del feminismo al campo económico como un programa académico y un proyecto político simultáneamente. Es programa académico porque produce conocimiento que permite comprender los mecanismos estructurales de desigualdad, y es proyecto político porque adquiere sentido cuando ese conocimiento puede ponerse en práctica para impulsar transformaciones sociales orientadas a garantizar condiciones de vida más equitativas.

Desde esta perspectiva, la economía puede entenderse como la forma en que las sociedades se organizan colectivamente para garantizar su supervivencia. La reproducción social incluye tanto actividades intermediadas por el mercado como trabajos no remunerados: crianza, cuidado, preparación de alimentos, limpieza y acompañamiento cotidiano. A diferencia de la producción industrial, el trabajo de cuidados depende del contacto humano directo; su calidad no puede separarse del vínculo entre quien cuida y quien recibe cuidado, lo que impide medirlo únicamente mediante criterios de productividad económica (Bauhardt, 2012; Madörin, 2010, en Urban y Pürckhauer, 2016).

El tiempo dedicado mayoritariamente por las mujeres a estas tareas limita con frecuencia su inserción en el mercado laboral en condiciones de igualdad. Esta desigualdad se refleja también en brechas salariales persistentes. En el State of the Union de 2014, Barack Obama señaló que, aunque las mujeres representan cerca de la mitad de la fuerza laboral, continúan percibiendo ingresos menores que los hombres por trabajos equivalentes. En México, el trabajo de cuidados representa alrededor del 23.5 % del PIB y, durante la pandemia, estas labores alcanzaron aproximadamente 50 horas semanales, evidenciando su importancia estructural para el funcionamiento social (Pintle, 2020).

La economía feminista no constituye un paradigma único, sino un campo plural de enfoques y experiencias. En términos generales, propone incorporar la perspectiva de género al análisis económico, reconociendo desigualdades históricas y cuestionando las formas tradicionales de interpretar los fenómenos económicos (Westreicher, 2020). Desde esta mirada, las labores domésticas poseen un valor económico real aunque no aparezcan reflejadas en las cuentas nacionales (Waring, 1988). Autoras como Cristina Carrasco vinculan además la economía del cuidado con la economía ecológica, situando la sostenibilidad de la vida como eje central del análisis económico.

Los principios de la economía feminista pueden observarse en cooperativas, colectivos y organizaciones comunitarias que desarrollan formas alternativas de organización social y económica orientadas a la cooperación, el aprendizaje colectivo y el fortalecimiento de redes de apoyo. Estos espacios permiten experimentar modelos de trabajo y convivencia distintos, en los que las relaciones sociales adquieren un papel central y donde el empoderamiento se construye mediante experiencias compartidas.

Entre las preguntas que orientan este campo destacan: ¿por qué el trabajo doméstico y de cuidado no ha sido reconocido históricamente como trabajo económico?, ¿qué dinámicas surgen de las divisiones entre lo productivo y lo reproductivo o entre lo público y lo privado?, ¿cómo influyen las políticas macroeconómicas en las desigualdades de género?, y ¿qué implica que el modelo del homo economicus responda a un ideal individualista asociado a valores masculinizados? (Urban y Pürckhauer, 2016).

El pensamiento económico clásico privilegió el trabajo asalariado como única fuente de valor, dejando fuera el trabajo doméstico y comunitario necesario para la reproducción social. Aunque Adam Smith reconoció indirectamente la importancia del trabajo realizado en los hogares para sostener la fuerza laboral, aquello que no circula en el mercado permaneció invisibilizado dentro de la teoría económica. Esta omisión contribuyó a una valoración desigual de actividades fundamentales para la cohesión social y el bienestar colectivo.

Desde la economía feminista se plantea que la fuerza de trabajo no se reproduce únicamente mediante el salario, sino gracias a una extensa red de cuidados previos que el mercado no remunera. La crianza, la alimentación, la educación cotidiana, el acompañamiento emocional y el sostenimiento del hogar constituyen inversiones sociales indispensables para la existencia misma de la actividad económica. En este sentido, el trabajo doméstico sostiene silenciosamente al sistema productivo.

La economía feminista adopta un enfoque interdisciplinario que dialoga con la sociología, la psicología y la antropología para comprender cómo valores, afectos y relaciones sociales participan en la organización económica. Reconoce además la vulnerabilidad humana y la interdependencia como condiciones centrales de la vida social, cuestionando la idea de autosuficiencia individual que domina gran parte del pensamiento económico tradicional.

Desde esta perspectiva se identifican tres tensiones fundamentales: la dependencia del sistema capitalista respecto del trabajo doméstico y de cuidados; las desigualdades de género en la organización cotidiana del tiempo y el trabajo; y la tensión entre la búsqueda de beneficios económicos y la construcción de condiciones de vida dignas para todas las personas.

Para explicar el sostenimiento de la vida se propone una cadena integrada por cinco elementos interrelacionados: los recursos naturales, la economía del cuidado, las comunidades, el Estado y el mercado. Esta relación puede representarse mediante la metáfora del “iceberg económico”, donde la base invisible —los cuidados y el trabajo no remunerado— sostiene la economía formal visible.

Visibilizar el desequilibrio entre economía productiva y economía del cuidado implica reconocer el valor del trabajo doméstico y de cuidados, desfeminizar estas tareas, descentralizar el papel exclusivo del mercado y transformar las estructuras de consumo y producción. Desde esta perspectiva, la economía feminista se configura como un marco teórico y metodológico orientado a comprender y transformar las desigualdades socioeconómicas colocando la sostenibilidad de la vida como prioridad.

Este campo surge del diálogo entre la academia y los movimientos feministas, por lo que se caracteriza por su diversidad teórica y su constante construcción colectiva. No existe una única definición de economía feminista, sino múltiples aproximaciones que comparten la intención de analizar críticamente las relaciones económicas desde una perspectiva de género. Entre sus rasgos definitorios destacan: comprender las relaciones económicas dentro de estructuras heteropatriarcales, reconocer que la economía excede lo cuantificable y asumir que todo pensamiento social posee implicaciones políticas.

Uno de los aportes centrales de esta perspectiva consiste en recuperar el valor de los trabajos no remunerados, cuya carga global suele recaer en mayor medida sobre las mujeres. Este trabajo, igual o incluso mayor en volumen que el remunerado, sostiene los sistemas socioeconómicos aunque no sea reconocido formalmente. La economía feminista señala que no basta con redistribuir recursos; también es necesario replantear la idea misma de bienestar y cuestionar los modelos económicos centrados exclusivamente en la acumulación.

Frente al ideal del homo economicus, entendido como sujeto autosuficiente y racional, la economía feminista propone comprender la vida humana desde la vulnerabilidad y la interdependencia. Ninguna persona se desarrolla sin cuidados previos ni sin relaciones sociales que sostengan su existencia. La sostenibilidad de la vida exige reconocer que ninguna vida puede sostenerse a costa del deterioro de otras personas o del planeta.

Desde esta mirada se plantean dos principios ético-políticos fundamentales. El primero es la sostenibilidad de la vida, que coloca el bienestar colectivo en el centro del análisis económico y reconoce que ninguna sociedad puede prosperar si parte de sus integrantes vive en condiciones precarias. El segundo es la singularidad, entendida como la necesidad de sistemas económicos capaces de reconocer la diversidad de experiencias humanas y responder a ellas sin imponer modelos homogéneos de desarrollo.

Los mercados no son intrínsecamente capitalistas; sin embargo, bajo la lógica de acumulación el dinero deja de funcionar como medio de intercambio para convertirse en un fin en sí mismo. Esta dinámica genera tensiones profundas con la sostenibilidad de la vida y contribuye a invisibilizar los trabajos de cuidado, frecuentemente privatizados, feminizados y carentes de reconocimiento político y laboral. Como consecuencia, muchas actividades esenciales para la reproducción social quedan fuera de las herramientas estadísticas, jurídicas y económicas tradicionales.

La economía feminista sostiene que la vida social se organiza a partir de una compleja red de interdependencias. La metáfora del iceberg económico permite comprender que la parte visible —la economía de mercado— depende de una base invisible formada por cuidados, vínculos comunitarios y trabajo no remunerado. Sin esta base, la producción económica formal sería imposible.

Históricamente, los modelos economicistas han negado significado económico a las relaciones de género al centrarse únicamente en relaciones de clase o en experiencias asociadas al trabajo remunerado masculino. De esta forma, actividades fundamentales para la reproducción social fueron consideradas inactividad económica. La economía feminista cuestiona esta mirada y propone ampliar la noción de trabajo para incluir aquellas tareas que sostienen la vida cotidiana.

La economía del cuidado permite comprender que el bienestar no depende únicamente del ingreso económico, sino también del tiempo disponible, de las redes sociales, de la salud emocional y de las condiciones ambientales. Por ello, la economía feminista distingue entre enfoques conciliadores —que buscan reformar los mercados incorporando la perspectiva de género— y enfoques de ruptura, que replantean de manera más profunda los fundamentos mismos del sistema económico y su relación con la sostenibilidad de la vida.

En este sentido, surge una pregunta central: ¿qué significa vivir una vida que merezca ser vivida? La economía feminista propone evaluar las decisiones económicas a partir de su impacto en la vida cotidiana y no únicamente en indicadores de crecimiento o productividad. La interdependencia humana, lejos de ser una debilidad, constituye la base misma de la organización social.

La lógica de acumulación capitalista se ha sostenido históricamente mediante la explotación intensiva de recursos naturales y humanos, generando un conflicto estructural con la sostenibilidad de la vida. Al colocar el mercado en el centro, las sociedades han permitido que este determine qué se produce, cómo se produce y cómo se organizan los tiempos y espacios sociales, configurando así una idea limitada de bienestar.

Los cuidados, considerados durante mucho tiempo actividades privadas, constituyen en realidad el soporte que permite cerrar el ciclo económico y garantizar la continuidad de la vida. Sin embargo, suelen realizarse bajo condiciones invisibilizadas, sin regulación colectiva ni reconocimiento como trabajo con derechos. Esta falta de reconocimiento limita el acceso a la ciudadanía económica y social y dificulta el autorreconocimiento como sujeto político.

La economía feminista plantea la necesidad de construir herramientas conceptuales y metodológicas capaces de medir y comprender estas actividades. Reconocer el trabajo no remunerado implica también reconocer a quienes lo realizan como sujetos de derechos y como actores fundamentales dentro de la vida económica y social.

A modo de conclusión, la economía feminista cuestiona las desigualdades derivadas de la división sexual del trabajo y busca visibilizar el papel central de los cuidados en la producción de riqueza social. Reflexionar críticamente sobre los roles y estructuras heredadas permite desnaturalizar aquello que durante mucho tiempo se consideró inevitable. Ser mujer no implica automáticamente asumir una conciencia feminista; por ello resulta necesario generar procesos de reflexión que permitan cuestionar estereotipos y construir nuevas formas de convivencia social.

La economía feminista propone avanzar hacia modelos más justos que reconozcan la importancia de la cooperación, la interdependencia y la sostenibilidad de la vida. Diversos estudios muestran que las mujeres continúan enfrentando discriminación económica, segregación ocupacional y menor presencia en puestos jerárquicos, además de mayores tasas de informalidad laboral y menores ingresos promedio (Espino, 2010). Estas condiciones evidencian la necesidad de seguir desarrollando enfoques económicos capaces de integrar la dimensión social del cuidado y avanzar hacia sociedades más igualitarias.

En síntesis, la economía feminista no busca únicamente reformar la economía existente, sino ampliar sus horizontes conceptuales para reconocer que la riqueza social no se produce únicamente en el mercado, sino también en los espacios cotidianos donde se sostiene la vida. Colocar los cuidados en el centro implica reconocer que la economía, antes que un sistema abstracto, es una práctica social orientada a garantizar la continuidad y dignidad de la vida humana.

 

 

FUENTES DE CONSULTA

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Acerca de Isabel Ixtlixochitl Contreras Gómez

Isabel Ixtlixochitl Contreras Gómez

Docente en la Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños, actualmente imparte los cursos de Música y Artes visuales en la educación infantil. Asimismo, posee dos doctorados: uno en Ecoeducación y otro en Género y derecho. Se especializa en música para niños.

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