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Todos santos o Día de muertos

Todos santos o Día de muertos

una celebración poco conocida

Alberto Ponce

docente de la ENMJN

 

 

El motivo principal de estas líneas es propiciar la reflexión en torno a la celebración del Día de Muertos, conocida también como Todos Santos. Como uno de sus fundamentos, retomo las palabras del historiador Marc Bloch, quien afirma que “todo acto y acción del ser humano deben ser explicados, analizados desde sus orígenes o comprender el presente desde el pasado”. ( Bloch, 1984:27)

En México celebramos los días 1 y 2 de noviembre de cada año dedicándolos a los difuntos. Sin lugar a dudas, es una fiesta tradicional mexicana, pero también una combinación ideológica, cultural y comercial norteamericana: el Halloween, como producto de que la cultura se reinventa cada día. No deja de ser preocupante esta fuerte penetración ideológica anglosajona, pues a final de cuentas, Halloween ya es parte de nuestras celebraciones, y ya hemos pasado a ser el traspatio de los Estados Unidos.

Sin embargo, la importancia de dicha celebración no sólo es algo que se da en nuestro país; también existe a nivel mundial, el mejor ejemplo es el reconocimiento que hace la ONU, al declararla como “Patrimonio Intangible de la Humanidad”. No obstante, son pocos los pueblos que han dejado constancia de este peculiar reconocimiento a los muertos, sólo dos culturas del mundo pueden dar cuenta de ello, como son los egipcios y los tibetanos. En el caso del mundo occidental, principalmente entre los católicos no se mantiene puro, sino tiene una fuerte combinación pagana y romana.

Desde el culto católico, dicha celebración se sustenta “en el misterio Pascual, la crucifixión de Jesús, quien murió por redimir a todos sus creyentes para después resucitar, obsequiándoles este poder de resurgir a los fieles, quienes al morir deberán ser siguiendo la costumbre judía de los tiempos en que murió Cristo” (Vera, 1987: 182-200). Es a partir de ese momento que la Iglesia Católica reconoce a todos aquellos que sufrieron o son mártires por defender los dogmas católicos. En ese marco, “a través del abad de Cluny la celebración de Todos los Santos el día 1º de noviembre, fecha en que se recordaba a Los Maccabeos (se desprende de la palabra macabro), a partir del siglo Xlll la Iglesia romana lo aceptó, y así se ha mantenido a través de los siglos, tradición reforzada por el Concilio de Trento” (Gaery, 1965: 41-57).

Hay un elemento que verdaderamente debemos resaltar dentro de la tradición católica para comprender la celebración de muertos y que tiene que ver con las “reliquias”, que no son otra cosa que los restos humanos de los santos. Esto motivó verdaderos saqueos de tumbas y decantó un negocio impresionante de su venta. Su importancia radica (o se creía) que tenían “múltiples poderes, entre otros, el de servir de intermediarios entre Dios y los hombres en el juicio postmortem, por lo cual deberían de conservarse en el altar debajo de la reliquia mayor, el cuerpo de Cristo” ( Pardo, 1984:310-317). Estos restos llegaron a México por el puerto de Veracruz, pero sólo algunos, la inmensa mayoría se quedaron en los naufragios. Ante esta situación, ¿cómo fue que nuestro país adoptó esta tradición? Según lo comenta Malvido se asemejó a las costumbres españolas, muchos de los huesos de piernas y cráneos se hicieron de dulce y pan, en estos términos lo describe:

La costumbre en los reinos católicos de León, Aragón y Castilla, consistió en preparar ciertos alimentos dedicados a estas fiestas, entre los que se destacaron los dulces y panes imitando a las reliquias, es decir, a los huesos que portaron los nombres de los santos: los huesos de santos pudieron ser unas canillas especiales con miel, pero los hubo para cada parte del cuerpo que se veneraba… en la parte catalana se hacen con almendras y se les conoce como Panllets. (Malvido, 2006: 47).

A la Nueva España, la tradición de muertos entró le por el paladar, muy a imagen y semejanza de las costumbres habidas en la Madre Patria. Así, en la cocina poblana fueron famosos los dulces llamados alfañiques (palabra árabe), cocinados dentro de los conventos de Santa Clara y San Lorenzo. Pero también, algo que distingue esta fiesta en nuestra tierra fue la romería y la fiesta. Según documentos del “Archivo del Ayuntamiento, se describe de la siguiente manera: el 1º de noviembre de 1821 la gente, después de visitar las iglesias, terminó su recorrido en la Catedral frente a la Plaza de Armas o Zócalo, donde se desarrolló la Verbena de Todos Santos. Asimismo, la describe como danza macabra, que duraba dos días enteros y continuos trastocados en una fiesta popular en la Ciudad de México” (Malvido, 2006: 50).

En el México independiente, muchas de las tumbas estuvieron en las iglesias, pero con las Leyes de Reforma, estas son trasladadas a los panteones municipales con la idea de que no se fuera adquirir una enfermedad con los miasmas de los difuntos. Además, al darse la separación de la Iglesia y el Estado, la administración de los panteones estuvo bajo control de los gobiernos civiles y, con ello, se permitió a la población ejercer  la celebración de los muertos en los propios camposantos. Ignacio Manuel Altamirano hace una descripción de la forma que toma dicha festividad en los panteones:

Ya se sabe que en México hay ahora nuevos cementerios, y de diversas formas usadas en otro tiempo. El cementerio Francés, el de la Piedad, en el mismo rumbo, el de Dolores, en las colinas de Tacubaya, los de Guadalupe, el de San Fernando (cerrado), el del campo Florido al sur de la ciudad y el de los Ángeles al noroeste. Allí están enterrados los huesos de los muertos a quienes tienen que llorar los mexicanos. El día de Todos Santos en la tarde unos pobladores de la capital concurrían, como hoy a los templos, para visitar las reliquias de los bienaventurados que en ellos se veneran y otros débanse prisa para disponer todo lo concerniente a la compostura en los panteones de los sepulcros y monumentos que hablan de aparecer el día siguiente vestidos de gala (Prieto, 1985:11).

Existe documentación que sustenta los pormenores de toda esta celebración dentro de los rituales católicos, muy a pesar de que se ha querido desvirtuar o manipular para fines de justificación de un gobierno (muy característico de la historia oficial, dentro del paradigma positivista). Lo que más resalta es que dicha festividad la han querido ubicar dentro de un contexto prehispánico, sin embargo, muchos antropólogos e historiadores afirman que hay muy pocos elementos para fundamentar sus orígenes en el pasado cultural indígena. Malvido comenta: “con Cárdenas en la presidencia, a lo mexicano se le identificó con el grupo prehispánico más desarrollado a la llegada de los conquistadores, los mexicas, y a ellos se les atribuyeron ceremonias que ignoraron los 300 años de colonización, un siglo de independencia y diez años de revolución” (Malvido). Difícil de probar y fácil de creer, entre el mito y el afán de propiciar la identidad nacional. Cárdenas, desde el gobierno impulsó, a través de la contratación de antropólogos, la justificación de dicha celebración, es decir, como algo situado dentro del marco nacionalista que avala el proyecto de Estado del momento.

Después de todo, esta celebración no deja de permanecer en el mito mezclada entre varias combinaciones culturales regionales, y como resultado del propio devenir formativo. En este caso, las manifestaciones de lo prehispánico, lo católico y lo anglosajón están más que presentes en nuestra realidad social, digamos que son producto de un largo proceso histórico. Pero lo que realmente debe importar es conocer nuestras tradiciones de manera sustentada a través de la documentación que de cuente de los acontecimientos. A través de los acervos históricos podemos desmitificar muchas de nuestras tradiciones que nos llevan a ser sujetos de la manipulación de los grupos en el poder, que controlan nuestro ciclo vital. Podemos ser conscientes de que los rituales, al igual que la vida de nosotros, son modificables y perecederos pues, de otra manera, la antropología y la Historia no tendrían nada que hacer.

Con todo, la celebración de día de muertos no deja de ser una festividad escatológica, muy a la mexicana (única en el mundo). Pero como reza alguno de tantos dichos, “el muerto al pozo y el vivo al gozo”. Hasta en el proceso final de la vida humana encontramos grandes diferencias. Como lo dice Elsa Malvido, los “mexicanos del siglo XlX sufrieron dos separaciones, una de España y otra de la Iglesia; un siglo de guerras internas y de evasiones extranjeras; migraciones de países antes vetados fueron favorecidos por el avance de la ciencia con la medicina preventiva y su lucha contra el contagio de las enfermedades que significó una nueva actitud sanitaria. Todo ello modificó una festividad de tres siglos de cultura cristiana, convirtiendo la celebración de Todos Santos en un pretexto “democrático del Día de Muertos”, donde el acercamiento de los humanos a una muerte familiar y laica les permitió romper con ritos antiguos y crear otros nuevos después de la Revolución, “ni mejores ni peores, simplemente humanos, ante la temida muerte”.

 

 

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Acerca de Alberto Armando Ponce Cortés

Maestro en Historia por la UAM. De 1996 a 2006 fue Director de las Casas de la Cultura Jurídica de Torreón, Coahuila y de Puebla. Actualmente es Catedrático en la ENMJN. Ha colaborado en la gestión de diplomados, cursos y conferencias en las Casas de la Cultura Jurídica, así como en las Facultades de Derecho de la BUAP y la IBERO. Ha colaborado en revistas y en libros sobre derecho e Historia. Es colaborador en la Revista Voces, de la Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños.

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