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El pan y la flor de cempasúchil, símbolos del festejo de Día de Muertos

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El pan y la flor de cempasúchil, símbolos del festejo de Día de Muertos

Alberto Armando Ponce Cortés

docente normalista

 

 

Al hablar de Día de Muertos no se puede estar exento de polémica, sobre todo, porque se cuenta básicamente con dos visiones muy arraigadas; por ejemplo, para algunos antropólogos las raíces del Día de Muertos nos llegan con influencias prehispánicas, en este caso, no se habla propiamente del pan de harina de trigo, como hoy lo conocemos, sino más bien del amaranto que asemeja el pan de la época de la colonia.

El Instituto Nacional Indigenista nos cuenta que el “gollete y las cañas se relacionan con tzompantli. Los golletes son panes en forma de rueda y se colocan en las ofrendas sostenidos por los trozos de caña. Los panes simbolizan los cráneos de los enemigos vencidos y las cañas las varas donde se ensartaban”. Para otros, el amaranto era el corazón del ídolo, luego se repartían entre el pueblo algunos pedazos del pan, y si es que se lo puede llamar pan, considerando que el pan como lo conocemos conlleva un proceso, y en realidad desconozco si el amaranto se puede usar en panes o como base para los mismos, o bien, la manera en que preparaban el amaranto en harina para compartir la divinidad. Otras versiones las relacionan con los sacrificios humanos, según se cuenta: “una princesa era ofrecida a los dioses y su corazón aún latiendo se introducía en una olla de amaranto”.

Para la historiadora Elsa Malvido, estas versiones son “míticas”, sin sustentos confiables, retomadas de los pocos códices que se salvaron de la destrucción, y que posteriormente fueron interpretados por los misioneros, razón por la que para ella resultan poco creíbles (Programa especial: Entrevista Elsa Malvido. Radio INAH).

Muchas de estas objeciones señaladas por Malvido, las sustenta por la falta de evidencias documentales, sin embargo, no podemos perder de vista que el antropólogo sustenta su argumentación en el trabajo de campo, principalmente por los enterramientos y los objetos que va encontrando. (Entrevista a la antropóloga Carmen Chacón. Radio INAH).

Ante las pocas evidencias que respalden el origen del pan de muerto en la época prehispánica, la historiadora establece que “desde el culto católico, dicha celebración se sustenta en el misterio Pascual, la crucifixión de Jesús, quien murió por redimir a todos sus creyentes para después resucitar, obsequiándoles este poder de resurgir a los fieles, quienes al morir deberán siguiendo la costumbre judía de los tiempos en que murió Cristo” (Vera, 1987).

Hay un elemento que verdaderamente debemos destacar dentro de la tradición católica para comprender la celebración de Muertos y que tiene que ver con las “reliquias”, que no son otra cosa que los restos humanos de los santos. Esto motivó verdaderos saqueos de tumbas y decantó un negocio impresionante con su venta en la edad media. Su importancia radicaba (o se creía) en que tenían “múltiples poderes, entre otros, el de servir de intermediarios entre Dios y los hombres en el juicio postmortem, por lo cual debían conservarse en el altar debajo de la reliquia mayor, el cuerpo de Cristo” (Pardo, 1984:310-317). Estos restos llegaron a México por el puerto de Veracruz, pero a excepción de algunos, la inmensa mayoría se quedó en los naufragios. Ante esta situación, ¿cómo fue que nuestro país adoptó esta tradición? Según lo comenta Malvido, es porque se asemejó a las costumbres españolas, pues muchos de los huesos de piernas y cráneos se hicieron de dulce y pan. En estos términos lo describe:

La costumbre en los reinos católicos de León, Aragón y Castilla, consistió en preparar ciertos alimentos dedicados a estas fiestas, entre los que se destacaron los dulces y panes imitando a las reliquias, es decir, a los huesos que portaron los nombres de los santos: los huesos de santos pudieron ser unas canillas especiales con miel, pero los hubo para cada parte del cuerpo que se veneraba… en la parte catalana se hacen con almendras y se les conoce como Panllets (Malvido, 2006: 47).

Los españoles en la época colonial buscaron la manera de no romper de tajo las tradiciones de los indígenas y crearon un pan inspirado en los sacrificios humanos, para ello, “en el afán de difundir la evangelización crearon un pan de trigo en forma de corazón bañado de azúcar pintada de rojo, simulando la sangre de la doncella. Además, el pan de muerto es el cuerpo de Cristo, en la parte superior es el cráneo, las canillas son los huesos” (Retomado de www.inah.gob.mx).

Así mismo, en la Nueva España se elaboraban panes en forma de niños cubiertos con azúcar rosada, o panes redondos con los huesos alrededor. Esos manjares eran bendecidos en las iglesias y después llevados a los hogares, donde eran colocados en la mesa del santo al que se adornaba con dulces y panes con forma de huesos benditos (Retomado en http://arqueologíamexicana.mx ).

Así, la Dra. Malvido, experta en el conocimiento de Día de Muertos, confirma que el pan y los dulces tienen fuertes implicaciones católicas, de modo que el pan, con sus relieves, simboliza los huesos (reliquias) de los santos. Hoy en día, el pan sigue manteniendo esas formas, su elaboración en algunos casos es el mismo como en la época colonial, pero también encontramos pan de muerto con otras formas, como el que elaboran en Guanajuato, que tiene forma de fantasma y pintura rosa al centro, claramente con influencia anglosajona (Halloween). Así como lo dice Malvido, el Día de Muertos es una fiesta tradicional mexicana, pero también una combinación ideológica, cultural y comercial norteamericana: el Halloween, como producto de que la cultura se reinventa cada día.

Por otro lado, la flor de cempasúchil, al igual que el pan, desata opiniones divididas, los son expertos en el tema, por ejemplo, argumentan que no hay evidencias contundentes del uso de dicha flor en la época prehispánica. Al respecto el antropólogo, Erick Mendoza comenta que la flor de cempasúchil (del género Tagetes Erecta, endémica del continente americano, junto a las 58 especies encontradas y 35 en el país. (Castro Ramírez Adriana, ECOSUR, CONACYT) es usada en rituales en torno a la muerte, pero no proviene de un origen prehispánico o, al menos, no existe un dato fehaciente para poder decir que el uso de esta flor en los altares del Día de Muertos se haya iniciado en la época prehispánica.

Asimismo, el investigador vislumbra que un posible origen de su uso, en el rito de Día de Muertos, surgió en la tradición europea de adornar los altares dedicados a sus difuntos con claveles o crisantemos, que al parecer fueron sustituidos por la flor de cempasúchil. Para los convencidos del uso prehispánicos de la flor de cempasúchil, entre las múltiples versiones, comentan: “que los mexicas adornaban las tumbas de sus difuntos con ramos de pequeñas flores amarillas llamadas Tonalxochilt, porque creían que estas poseían la habilidad de guardar en sus corolas el calor de los rayos del sol y, de esta forma, se iluminaría el camino del muerto.

La flor de cempasúchil simboliza la festividad, el camino del camposanto a la ofrenda, por ello, en algunos lugares como Mixquic, Xochimilco y Puebla es más que una costumbre, “aparte de que adornan y aromatizan el lugar durante la estancia del ánima, la cual al marcharse se irá contenta, el alhelí y la nube (flor) pues su color significa pureza y ternura, y acompañan a las ánimas de los niños” (retomado en http://gob.mx/sep ).

El uso de la flor de cempasúchil se ha generalizado, hoy se encuentra en casi todos los rincones del país, así la vemos adornado los altares en casas, panteones, sobre los jardines de la emblemática Av. Paseo de la Reforma, en los alrededores del Monumento de la Independencia “El Ángel” y en los diferentes recintos culturales, como edificios públicos de la ciudad.

Después de todo, esta celebración, culto, rito, y patrimonio Intangible, según la ONU, etc., no deja de permanecer en el mito, mezclándose entre otras varias combinaciones culturales regionales, y como resultado del propio devenir formativo. En este caso, las manifestaciones de lo prehispánico, lo católico y lo anglosajón están más que presentes en nuestra realidad social, digamos que son el resultado de un largo proceso histórico.

Pero lo que realmente debe importar es conocer nuestras tradiciones de manera sustentada a través de la documentación, de la hemerografía, de la iconografía, de las manifestaciones artísticas, etc. Sólo a través de los acervos históricos podemos desmitificar muchas tradiciones que nos llevan a ser sujetos de la manipulación de los grupos en el poder, que controlan nuestro ciclo vital cultural. Podemos ser conscientes de que los rituales, al igual que la vida de nosotros, son modificables y asimismo perecederos pues, de otra manera, la antropología y la historia no tendrían nada que hacer.

Definitivamente las tradiciones nos dan identidad. Está bien conocer sus raíces que son parte de una idea mezcla de todo un mestizaje, pero eso nos hace ser quiénes somos, la historia no tiene nada que hacer si no muestra nuestras raíces.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

  • Malvido Elsa, “La festividad de Todos Santos y Files Difuntos, y su altar en la ciudad de México”, en La festividad Indígena dedicada a los muertos en México. Patrimonio Cultural y Turismo. Cuaderno, no. 16
  • Pardo A. El culto a los Santos, Promoción Popular Cristiana, Madrid, 1983.
  • Colección de documentos eclesiásticos de México o sea antigua y moderna legislación de la iglesia mexicana, Amecameca, 1887.
  • https://conacyt.mx/
  • https://www.inah.gob.mx/
  • https://www.gob.mx/sep

CC BY-NC-ND 4.0 Esta obra está licenciada bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Acerca de Alberto Armando Ponce Cortés

Maestro en Historia por la UAM. De 1996 a 2006 fue Director de las Casas de la Cultura Jurídica de Torreón, Coahuila y de Puebla. Actualmente es Catedrático en la ENMJN. Ha colaborado en la gestión de diplomados, cursos y conferencias en las Casas de la Cultura Jurídica, así como en las Facultades de Derecho de la BUAP y la IBERO. Ha colaborado en revistas y en libros sobre derecho e Historia. Es colaborador en la Revista Voces, de la Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños.

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