Fotos de mi madre niña
Whitney Bernacho Martínez
estudiante de la ENMJN
Hace algunos meses, un pequeño grupo de estudiantes de la ENMJN se congregó, por el solo gusto de hacerlo, con el fin de sesionar en un taller exprés de Escritura y Análisis de Imagen, en compañía del docente Antonio Altamirano y el portal de VOCES. Las fotografías y los textos fueron discutidos entre los participantes y, a su vez, depurados desde cada perspectiva con tal de que incluyeran una reflexión acerca de lo que las imágenes suelen decirnos sin que seamos conscientes de ello. Se publica aquí el primero de los resultados de este apasionante ejercicio. Leamos la emotiva reflexión de la estudiante Whitney Bernacho Martínez. Gracias, Whitney.
Esta foto de tonos rosados y oscuros, lo cual refleja ya su envejecimiento, tiene ya mucho tiempo de haber sido tomada. La modesta escena ocurre durante un festival del día del niño en la guardería, donde mi madre, la entonces preescolar Beatriz Martínez, se encontraba junto a dos compañeras que llevan consigo disfraces. Mi madre se encuentra al centro. En esos tiempos, al no haber suficiente sustento en la familia (no se tenía tampoco una buena economía en el país), para ese tipo de festivales se tornaba complicado tener algún disfraz como el que portaban sus compañeras. Era algo que podía resultar costoso.
Desde mi punto de vista, como docente en formación e hija de familia que soy, sé que este tipo de celebraciones exige mucho mayor esfuerzo al “invitado”, ya sea económico o físico, e incluso, sé que no todas las familias asumen estos festivales por lo que debemos tener siempre consideraciones ante todos nuestros estudiantes y no resultar demandantes en este tipo de conmemoraciones. Si lo hacemos así, seremos suficientemente incluyentes con toda la comunidad escolar.
La fotografía familiar no sólo devuelve un rostro del pasado: introduce una distancia entre la persona que hoy se conoce y la niña que alguna vez estuvo frente a la cámara. Barthes observa que la fuerza específica de la fotografía reside en certificar que aquello que vemos efectivamente estuvo allí; en una imagen de la propia madre cuando era niña, esa evidencia produce además una inversión temporal: la hija puede mirar una edad materna que nunca presenció y reconocer, a la vez, una presencia y una pérdida (Barthes, 1990).
Esta otra imagen fue captada en 1977 por un fotógrafo de oficio que rondaba las calles en Tetelpan en la Delegación Álvaro Obregón. En aquel entonces no había posibilidades de tener una cámara propia pues, como un artículo cotidiano, ésta resultaba demasiado lujosa, a diferencia de ahora que todo mundo tiene acceso a más de una. Y, si nos remontamos a la Historia, la baja que sufrió el valor internacional del peso a partir de septiembre de 1976 afectó a diversas familias, por lo que era común observar gente que se ocupaba específicamente de realizar estas tomas de manera ambulante. Por otro lado, un detalle curioso en esta imagen son esas piernas de alguien que no aparece en la foto y que cuelgan inopinadamente detrás de la cabeza de mi bisabuela (que es la señora que aparece al centro). Ese alguien se trata de mi tía, a su modo era parte de la foto, pero ¿por qué el fotógrafo no la tomaría en cuenta? ¿Se colocaría ella a cuadro de pronto? ¿Las cámaras mecánicas no lograban captar más allá?
Las piernas que irrumpen por detrás de la bisabuela resultan especialmente elocuentes porque no parecen haber sido planeadas. En términos de Barthes, un detalle lateral e involuntario puede alterar el modo en que se recibe una fotografía: en vez de completar la escena, la desacomoda y obliga a mirar de otro modo. Aquí ese fragmento corporal recuerda que el encuadre no coincide con el acontecimiento: toda fotografía selecciona, pero también deja escapar restos de lo que sucedía alrededor (Barthes, 1990).
De este siguiente par de fotografías aparentemente semejantes, la de arriba representa los preescolares de la generación de 1976-1977, a quienes se les nota serios, con una timidez que tanto a los niños como a la docente se hace patente. La “Sra. Beatriz” (mi madre) perteneció a este grupo, y menciona que precisamente su maestra se conducía de manera severa con ellos; los niños hacían uso riguroso de su uniforme quizás por el nivel de exigencia y autoridad que se tuvo por parte de la maestra. Por otro lado, a diferencia de ésta, en la foto de abajo, se muestra a la generación de 1975-1976 de preescolar, en donde la docente, según cuenta mi madre, transmitía todo lo contrario: amabilidad y calidez, de modo que a los niños se les ve alegres, no se hace uso cabal del uniforme, pues se les distingue con prendas variadas. Al darnos cuenta de este contraste, debemos entender el valor que tiene mostrar una actitud positiva como docentes, ya que esto juega un rol esencial en la enseñanza y la interacción con nuestros estudiantes. La empatía y la autoridad se pueden vincular perfectamente sin necesidad de incomodar a los estudiantes, creando así un buen clima de aula.
Estas fotografías escolares pueden leerse también como imágenes de representación colectiva. Hirsch señala que la fotografía familiar participa en la construcción de cómo una familia desea verse y recordarse; algo semejante ocurre aquí con el grupo escolar, donde uniformes, alineamientos, cercanía con la maestra y expresiones corporales componen una imagen pública de orden, pertenencia y autoridad. La lectura posterior de la familia puede, sin embargo, volver visibles las tensiones entre esa forma idealizada de presentarse y la experiencia cotidiana que la memoria oral conserva (Hirsch, 1997).
A continuación, esta otra foto, la última, fue tomada en un momento de catequesis dentro de la Iglesia de Francisco de Asís en 1980. Beatriz, mi madre niña, menciona que uno de los requisitos necesarios para poder realizar la primera comunión era acudir vestido de monja (para las mujeres) y de monje (para los hombres). Este hecho, en lo personal, me transmite un sentimiento de miedo. La foto al pasar de los años se ha tornado con aspecto de un carmín opaco y desteñido, lo que hace que se vea tenebrosa a pesar de que las niñas vistan en color blanco, pero a lo mejor el hecho de su postura y lo oscuro de la imagen original hacen que se perciba de esta forma. En el sentido tradicional de esa época, la exigencia de portar esa vestimenta nos muestra que la Iglesia ha tenido (y sigue teniendo) un gran peso ante la sociedad, al grado de cambiar los comportamientos a través del ejemplo del evangelio que proclama. Por lo visto, cualquier decisión humana puede tener relación con asuntos que afecten al espíritu.
Al ingresar en un archivo doméstico, incluso una fotografía producida en un contexto religioso deja de pertenecer sólo a esa institución. Hirsch propone que las fotografías familiares articulan memoria personal y memoria cultural; por eso, décadas después, esta imagen de catequesis puede ser leída simultáneamente como recuerdo íntimo, huella de una práctica religiosa y documento de las normas que organizaron la infancia de una generación (Hirsch, 1997).
Las fuentes primarias y secundarias a las que accedí durante este trabajo fueron obtenidas a través de fotografías caseras, las cuales al final me permitieron comprender parte del pasado de mi familia que, a su vez, se halla dentro de un tiempo histórico y que, no obstante, sigue transcurriendo dentro de nuestra actualidad. Eso me permitió entender más de cómo y por qué son las formas de ser tal como hoy son, la mía y la de mi madre.♦
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