La exclusión: fantasía de orden del ecosistema de aprendizaje digital
Rafael Ramos Sánchez
docente de la ENMJN
“la comunicación humana es una vía de doble
sentido; al igual que necesitamos interpretar
a los demás para saber cómo nos tratarán,
ellos necesitan manifestar sus características, sus
intenciones, su estado de ánimo y su personalidad”
Rita Carter
En este momento en que se abre un capítulo de la historia reciente, hemos escuchado y atestiguado los múltiples efectos de la pandemia por Sars Cov-2, en principio, la preocupación natural por el contagio del padecimiento, los efectos directos e indirectos, la certidumbre laboral y el clima que genera, los efectos de la economía en el plano macro y micro social. Asistimos, así, al encuentro de una cotidianidad alterada, nuestras pautas de acción han cedido espacio y han tenido que transformarse en repertorios escrupulosos, nuevos y, en mayor o menor proporción, con tintes paranoides.
La premisa es: las cosas y los otros son portadores de covid 19… “Love is the air everywhere i look around” (el amor es todo el aire que miro alrededor), este estribillo John Paul Young admite reedición: es ahora el covid que está en todas partes, pero, esos viajes para dar contexto, suenan ya, como una playlist cuya melodía se repite una y otra vez hasta parecer interminable. Así que, para distanciarnos de esos acordes reiterativos, propongo aproximarnos a los “ecosistemas digitales de aprendizaje” que son la “nueva normalidad” en nuestras aulas.
En el formato escolar presencial, gozamos de encuentros cruzados que abren la puerta a las interacciones y, por ende, a la pertenencia de un grupo determinado, colaboradores de la institución educativa, el grupo de alumnas y alumnos, en suma, el colectivo escolar y su espíritu de comunidad. La vida cotidiana encuentra sentido en esos intercambios que dinamizan las horas y nutren nuestro quehacer diario.
En materia de educación superior, enfrentamos el desafío de la continuidad en la preparación de generaciones que han de cubrir vacantes en instituciones de educación básica y han de relevar aquellos espacios que son resultado de los tiempos de júbilo para los que tienen la posibilidad de optar por esa ruta. La premisa resulta relativamente sencilla, ¿cómo mantener la formación inicial profesional de las y los estudiantes activos?, ¿cómo adquirir el desarrollo de los recursos que serán la clave para cubrir las necesidades académicas escolares de los grupos con los que en el futuro trabajarán estas generaciones?
La voluntad y la urgencia han tenido que ponerse en sintonía, ha sido necesario fortalecernos y habilitarnos en el uso de tecnologías de la información y la comunicación, hemos tenido que transitar del uso de un repertorio restrictivo de herramientas como el e-mail, los procesadores de texto, las hojas de cálculo y los recursos para elaborar presentaciones, todo encaminado al descubrimiento de recursos disponibles, que sirven de puente entre algunos “nativos y los migrantes digitales”.
Sin embargo, el aprendizaje no se vuelve incluyente por el solo hecho de instalarse en una plataforma. La UNESCO (2023) advierte que la pertinencia y la equidad deben orientar la incorporación de tecnologías educativas, de modo que estas acompañen —y no sustituyan— la interacción humana. Acaso el desafío consiste, entonces, en evitar que el entusiasmo por los dispositivos nos haga pasar por alto a las personas que deberían encontrarse a través de ellos.
Estoy convencido de que la escuela y su discurrir, no resultan posibles sin el intercambio dialógico y recíproco entre el que aprende y el que pretende facilitar el aprendizaje.
Esta reciprocidad también requiere ser construida cuando los encuentros transcurren a distancia. Una revisión de investigaciones sobre aprendizaje combinado señala que la presencia social se fortalece mediante la colaboración, la retroalimentación oportuna y la intervención cercana del docente (van der Stap et al., 2024). Es decir, que la comunidad no surge automáticamente de compartir una misma sala virtual: necesita gestos pedagógicos que vuelvan perceptible al otro.
Más allá de la queja por una condición que a todos nos tomó por sorpresa, quiero compartirles mi experiencia en un entorno mediado por teléfonos inteligentes, tabletas y equipos de computo. La actividad sincrónica y asincrónica forman ahora parte de la jerga recurrente, parece que en la primera hay convergencia simultánea y se trata de espacios que deben optimizarse por condiciones heterogéneas a consecuencia de un país con una distribución de recursos desigual, en el que además, el Consejo Nacional de Evaluación de la política de Desarrollo Social, en su reporte de 2020, registra 62.5 millones de personas que no cubren las necesidades básicas y no cuentan con servicios indispensables para desarrollarse, es decir, que viven en pobreza.
La desigualdad, vista desde esta perspectiva, no se limita a la posesión de una computadora o un teléfono: también determina las oportunidades de hacerse presente y permanecer en el intercambio escolar. UNICEF (2024) recuerda que las brechas de conectividad dejan especialmente rezagados a quienes parten de condiciones económicas más desfavorables. Resulta difícil hablar de una comunidad digital compartida si la posibilidad de ingresar en ella continúa siendo, para tantos, un privilegio intermitente.
En las estrategias asincrónicas, en cambio, se prevé que las y los estudiantes organicen su tiempo basados en un principio de jerarquización en el que se privilegia lo urgente de lo ordinario, lo complejo de lo accesible y, además, se promueve el fortalecimiento de su capacidad para autorregularse y consolidar, con ello, el sentido de eficacia que redundará probablemente en bienestar psicológico, esa sensación gratificante que devuelve la efectividad tras la conclusión de un deber, tarea o proyecto en el que nos interesamos y advertimos reconocimiento, lo cual genera condiciones óptimas para mantenerse incentivado y en continuo aprendizaje.
La exclusión como fantasía organizadora de la vida psíquica en el terreno académico- laboral es una carga que lacera y produce montos altos de tensión, frustración y, a su vez, dolor mental, genera una merma en el sentimiento de logro, como consecuencia de un mensaje que no encuentra vehículo y receptor.
¿Cómo aparece la exclusión como organizador de la mente?
Aparece en el día a día, en la pretendida distancia acompañada de micrófonos inactivos y cámaras apagadas, sabemos que en algún punto ello es un intento que pretende evitar interferencias y vicios ocurridos en los caminos densamente transitados por el home office y las clases en línea. Intermitencia, distorsión, imágenes congeladas y fotos fijas: ¿son acaso los signos que debemos aprehender y decodificar en los tiempos en línea?
Conviene, no obstante, desconfiar de una lectura única de estos silencios visuales. Un estudio con estudiantes universitarios muestra que la decisión de encender o apagar la cámara se relaciona también con la manera de exponerse ante los demás y con la necesidad de sentirse a salvo y parte del grupo (Cupchik et al., 2024). Tal vez no toda imagen ausente sea una ausencia afectiva; también puede expresar el esfuerzo por cuidar la propia intimidad.
Existe consenso en que hay “expresiones faciales que son innatas” y que son compartidas por nuestra especie, por tanto, son universales, como repulsión, miedo, tristeza, alegría, ira, sorpresa. La fuente para lograr identificarlas es a partir del talante de las y los que convergen en un espacio, de otro modo, sólo podemos especular desde un ánimo ocioso que intenta descifrar.
Y en ese intercambio entre personas y en el marco del proceso de vida en el que coinciden, ¿estaremos transitando hacia la renuncia del cruce de miradas e intercambios no verbales que contribuyen a normar y pautar nuestras conductas y acciones? La vivencia de orfandad en el aula, resulta de la exclusión experimentada por las miradas que son posibles intercambiar, pero, cuya renuncia, quizás es la respuesta de la necesidad de recuperar la normalidad del escenario pre-contingencia.
Ese camino exige ser explorado, después de todo, la vida admite nuevas rutas y significados.♦
Referencias
Cupchik, G. C., Rebello, C. B., Albar, R., Cocunato, J., Cupchik, E., Ignacio, A., & Faubert, E. (2024). Negotiating visibility: Mediating presence through Zoom camera choices in post-secondary students during COVID-19. Societies, 14(7), artículo 126. https://doi.org/10.3390/soc14070126
UNESCO. (2023). Informe de seguimiento de la educación en el mundo, 2023: Tecnología en la educación: ¿Una herramienta en los términos de quién? https://www.unesco.org/es/articles/informe-de-seguimiento-de-la-educacion-en-el-mundo-2023-tecnologia-en-la-educacion-una-herramienta
UNICEF. (2024). The state of the world’s children 2024: The future of childhood in a changing world. https://www.unicef.org/reports/state-of-worlds-children/2024
van der Stap, N., van den Bogaart, T., Rahimi, E., & Versendaal, J. (2024). Fostering online interaction in blended learning through social presence and convergence: A systematic literature review. Journal of Computer Assisted Learning, 40(4), 1712–1726. https://doi.org/10.1111/jcal.12981
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