Ayudar no siempre es resolver

Ayudar no siempre es resolver

¿cómo acompañar a nuestros hijos sin quitarles el problema de las manos?

Paola González Juliá

 

 

 

Martes, 2:20 de la tarde. Llegamos por nuestro hijo a la escuela y notamos que algo no está bien. Como mamás, intentamos actuar con normalidad para evitar que se cierre; preguntamos cómo estuvo su día. Comienza a hablar y nos cuenta que se siente muy mal porque nadie quiso jugar con él durante el recreo. Él quería jugar, pero no se lo permitieron… Tú, mamá, solo escuchas.

Las emociones comienzan a agolparse en nuestra garganta. Tenemos un flashback y nos vemos a nosotras mismas en el patio de la escuela, con la misma edad que hoy tiene nuestro hijo, solas, sin poder integrarnos y sin levantar la voz. Intentamos concentrarnos en el presente, en nuestro hijo, pero el relato reactiva algo incómodo de nuestra propia historia. Pasamos de la tristeza al enojo y el primer pensamiento que tenemos es: “Yo te ayudo, yo lo puedo resolver. No tienes que pasar por esto solo. En cuanto llegue a casa, mando un mensaje a la mamá del niño que no te deja jugar”.

Podemos hacer eso, sí. Como adultos, ya contamos con la capacidad de analizar una situación y actuar para resolverla… Pero ¿cuáles son las consecuencias de hacerlo? Volvamos al patio de la escuela en donde nos vimos a nosotras mismas: ¿Qué pasó? ¿Quién me ayudó al final? ¿Cómo resolví esa situación? ¿Me quedé sola para siempre?

En realidad, hay una sola pregunta relevante en este caso: ¿Qué pasa con mi hijo si yo hago esto? Lo más probable es que la mamá de este pequeño, quien también es mi amiga, llame la atención de su hijo y al día siguiente invite al mío a jugar. El problema inmediato estará resuelto. Pero entonces, ¿qué le enseñé?

 

Casi siempre, como mamás, nuestro primer impulso es resolver por ellos, porque sentimos la necesidad de quitar los obstáculos de su camino. Sin embargo, los obstáculos son necesarios en el desarrollo. Si intervengo en esta situación, ¿qué hará cuando se encuentre en un escenario similar? Probablemente vendrá a mí y me pedirá ayuda, porque eso es lo que le estoy enseñando: que cuando aparece una dificultad, yo la resuelvo.

Tal vez lo que buscamos es que él haga lo que nosotras, como adultas, ya podemos hacer: analizar la situación, pensar qué opciones tiene y decidir qué puede intentar con las herramientas con las que cuenta.

Ya decidí que no voy a resolver por él, pero entonces, ¿qué hago? Hay una diferencia muy importante entre no tomar el problema en mis manos y dejarlo a su suerte. Es una realidad que está aprendiendo y necesita guía y contención para tomar decisiones. Entonces, lo que puedo hacer es acompañar. Primero, hay que desmenuzar el problema: él necesita entender qué fue lo que pasó. Después, aterrizar la emoción: eso que pasó, ¿cómo te hizo sentir? ¿Triste, frustrado, enojado, solo?

Con esto ya logramos dos cosas fundamentales que nuestros hijos podrán utilizar como herramientas: cuando hay una emoción o sensación que incomoda, es necesario detenerme a pensar tanto en la situación como en lo que me hace sentir. Lo segundo: mi mamá —y por ende los adultos que me rodean— puede ser mi ancla y mi guía. Cuando hablo acerca de lo que me pasa, me siento mejor y mi cabeza puede entender mejor qué necesito hacer.

Ahora sí, a la acción: preguntemos directamente. ¿Y qué hiciste? Entonces, ahí pone en palabras lo sucedido y analiza. Después, lanzamos otra pregunta: ¿Y te gustó quedarte solo en el recreo? De nuevo, sabemos la respuesta: claro que no, por eso está triste. Y aunque pueda parecer repetitivo, poner en palabras lo que sienten puede ayudar a los niños a regular sus emociones (Zhu et al., 2026). A ti no te gusta estar solo en el recreo, entonces, ¿qué crees que podrías hacer la próxima vez? De nuevo, seguimos explorando. “No sé”. Y esa es nuestra clave para la última intervención: “Ya sé que no sabes, pero ¿qué se te ocurre? Vamos a pensar juntos”.

Ahí vamos, ayudando a hilar la maraña de pensamientos que se confunden en la cabeza de un pequeño: ¿Les preguntaste por qué no podías jugar? ¿Era un juego que a ti no te gusta y lo querías cambiar? Aparte de ese grupo de amigos, ¿hay alguien más con quien te hubiera gustado jugar? En la mayoría de las ocasiones, podemos ponernos como ejemplo para jalar ese primer hilo de pensamiento: ¿Sabes qué hacía yo cuando no me dejaban jugar? Pedía ayuda. Yo tenía una maestra que era mi favorita y cuando tenía un problema me acercaba a ella.

Nuestra función como adultos es complejísima en concepto, pero sumamente sencilla si sabemos aplicarla. No existe una fórmula concreta para cuando nuestros pequeños llegan a contarnos sus problemas, pero sí algunas claves que nos pueden ayudar. Lo primero es pensarnos como un contenedor, porque ¿qué pasa cuando estamos preocupados o angustiados? Nos desbordamos. Eso nos ocurre a niños y adultos: ante una situación desafiante nos preocupamos y sentimos ese “desborde” incluso físicamente. Cuando ponemos la situación en palabras y prestamos nuestros oídos para acompañar, ayudarles a encontrar soluciones y dar consejos puntuales, nuestros niños se sienten contenidos.

Al igual que no podemos empezar a hablar otro idioma sin tener bases, un niño pequeño no puede resolver un problema si no le damos herramientas. Nuestra labor principal como cuidadores es proveerlos de estrategias sin apropiarnos del problema; por eso es tan importante la exploración: porque nos permite entender dónde están parados nuestros hijos antes de sacar nuestras propias conclusiones.

Ahora, ¿cuáles son estas herramientas? De entrada, impulsarlo a que se atreva a intentar lo que haya pensado hacer cuando tuvimos nuestra intervención. Cuando tenemos estas conversaciones con ellos, les estamos ayudando a imaginar escenarios y a pensar en posibles soluciones. ¿El resultado? Sin darnos cuenta, estamos favoreciendo el desarrollo de su autonomía (Bradshaw et al., 2025), porque ellos pueden actuar por sí mismos para resolver un conflicto, y la confianza en sus propias capacidades, porque comienzan a reconocerse como capaces de lograr cosas por sí solos. Todo este acompañamiento no quiere decir que van a acertar a la primera; en el camino se van a tropezar y eso probablemente causará frustración. Pero como adultos, es necesario permitir el error, pues es a partir de él que se construyen aprendizajes significativos.

Pero ¿siempre debemos dejarlos resolver? La respuesta es clara: desde luego que no. Hay infinidad de factores que debemos tomar en cuenta cuando nuestros pequeños nos hablan de las situaciones que les ocurren en el día a día. Necesitamos discriminar si son situaciones de la vida cotidiana con las que ellos pueden lidiar o si se trata de contextos que salen de lo cotidiano y requieren nuestra intervención, en conjunto con la de otros adultos.

En primer lugar, es importante tomar en cuenta la frecuencia de estos eventos. No es lo mismo escuchar un relato aislado de un martes durante el recreo que escuchar situaciones similares que ocurren varias veces a la semana. Cuando lo excluyen constantemente, recibe comentarios burlones una y otra vez o comienza a aislarse, es necesario actuar. La frecuencia y la intensidad con la que estas situaciones ocurren son sumamente relevantes y nos ayudan a darle dimensión a lo que está pasando. Cuando en la misma semana “le duele la panza” todos los días y no quiere ir a la escuela, necesitamos agudizar nuestros sentidos. Si el malestar empieza a interferir en el desarrollo de su vida cotidiana, es una señal que no debemos ignorar.

Ayudar, desde luego, no significa levantar el teléfono y llamar a las mamás de otros niños. Más bien, tiene que ver con trabajar en equipo con la autoridad escolar, pedir su apoyo para que observen de manera detallada cómo se desenvuelve el pequeño dentro de sus instalaciones, nos den retroalimentación sobre sus logros y áreas de oportunidad y, sobre todo, nos ayuden a entender si se trata de retos propios del desarrollo, si son situaciones que puede resolver él mismo o si es necesaria la mirada de un especialista externo.

La forma en la que un niño interpreta lo que sucede a su alrededor, por supuesto, también juega un papel crucial. Dentro de las escuelas, con frecuencia nos encontramos con pequeños que necesitan desarrollar ciertas habilidades. Por ejemplo, no siempre que la maestra levanta la voz dentro del salón lo hace para llamarle la atención a él o ella, pero hay niños que pueden interpretar estas acciones como una agresión personal.

Lo que ese pequeño siente es real. El miedo, la angustia, el estrés o el sentimiento de rechazo necesitan ser escuchados y atendidos. Sin embargo, validar su emoción no significa dar por cierta la interpretación que él le da a lo que está sucediendo. Con aquel pequeño que todos los días llega a casa quejándose de que nadie quiere jugar con él, es importante explorar qué pasa, pues podríamos estar frente a un niño a quien le cuesta ser flexible, aceptar las propuestas de juego de los demás y que, como consecuencia, termina alejándose.

En ese trabajo de interpretar a nuestros hijos, necesitamos ser críticos y entender cuándo algunas conductas o ciertas maneras de relacionarse están causando dificultades que generan sufrimiento, más allá de la incomodidad propia de aquellas situaciones cotidianas. Al observar el panorama general, es importante preguntarnos cuándo acompañamos, cuándo pedimos ayuda al personal del colegio y en qué momento un espacio terapéutico nos puede ayudar a dar luz sobre un problema más profundo. La mirada de un profesional muchas veces nos dará información que para nosotros no era evidente, porque no somos profesionales de la salud mental; somos papás haciendo lo mejor que podemos por nuestros hijos.

Martes, 2:30 de la tarde. Seguimos dándole vueltas al tema, queriendo evitarle a nuestro pequeño todo aquello que le duele; obviamente, porque todo lo que le duele a él nos duele a nosotras. Pero de pronto, vemos la luz: entendemos la importancia del acompañamiento, porque para esa niña que nosotras fuimos, sentada sola en el patio sin poder pedir ayuda, hubiera sido suficiente entender que podía acercarse a alguien. Comprender que los adultos que nos aprecian son una red de apoyo hubiera marcado una diferencia fundamental en nuestra manera de aproximarnos a las dificultades. Nuestra tarea no es despejarles el camino quitando todas las piedras, sino acompañarlos mientras aprenden qué hacer cuando se encuentran con una. Porque parte fundamental de ese camino que necesitan recorrer para aprender será entender cuándo pueden hacerlo solos y cuándo es necesario voltear a su alrededor y extender la mano para pedir ayuda.♦

 

 

Referencias

Bradshaw, E. L., Duineveld, J. J., Conigrave, J. H., Steward, B. A., Ferber, K. A., Joussemet, M., Parker, P. D., & Ryan, R. M. (2025). Disentangling autonomy-supportive and psychologically controlling parenting: A meta-analysis of self-determination theory’s dual process model across cultures. American Psychologist, 80(6), 879–895. https://doi.org/10.1037/amp0001389

Zhu, C., Ip, K. I., Liu, Z., & Yan, N. (2026). Labeling it makes you feel better: The role of affect labeling on emotion regulation among Chinese preschoolers. Child Development, 97(2), 451–464. https://doi.org/10.1093/chidev/aacaf033

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Acerca de Paola González Juliá

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Paola González es psicóloga. Cuenta con maestría en psicoanálisis. Tiene más de 15 años de experiencia clínica y una década de trabajo en contextos escolares, acompañando a niños, adolescentes, familias y docentes. Su trabajo se centra en el desarrollo socioemocional, el acompañamiento psicológico y la construcción de herramientas para favorecer el bienestar y la autonomía. Actualmente combina la consulta privada y las asesorías en crianza, con el diseño e impartición de conferencias y talleres para comunidades educativas.

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